20 junio 2010

Y entones la vi.
Estaba lejos de ser perfecta. Su piel, bronceada y transpirada por el calor de la noche, brillaba bajo las luces del boliche.
Lejos estaba de ser perfecta. Su cuerpo de guitarra mantenía el ritmo del bombo constante. Un mechón de oscuro pelo cayó sobre su frente y lo retiró de un rápido manotazo, sin perder el ritmo ni un segundo.
Y entonces, le vi los ojos. Bajo unas hermosas pestañas azabache, dos ojos almendrados me miraban desde el otro lado del salón. Su boca me sonreía, sus hermosos labios rosados.
Era inevitable mirarla cuando bailaba, parecía que la música corría por sus venas, arterias, músculos, hasta por los huesos… su cuerpo, simplemente, latía.
Esa fue la primera vez que la vi. Un sábado de noviembre. En toda la noche no puede dejar de mirarla. Deseaba tenerla en mis brazos una noche.
Pero no fue esa. El sol lentamente asomo por el mar y cuando sus rayos invadieron el lugar, me di cuenta que la noche terminaba, que tenía que dormir, que tenía que trabajar. Ella se esfumo sin darme una oportunidad de despedirme de su mirada.
Una odiosa semana de oficina -de esas en la que hay poco trabajo, pero que son más estresantes que cualquier otra, porque el ocio aburre- hizo que, al fin de semana siguiente, la energía acumulada se concentrará en una sola cosa: volver a verla.
Entramos a las tres y veintiocho minutos, y ya se veía a la gente inquieta por bailar. Inmediatamente la busqué. Busqué por todos lados, pero no la encontré. No había rastro de ella, simplemente, no había ido. A las cuatro y treinta y nueve minutos me acerqué a la barra agotado. A las seis estaba en casa.
Había depositado todas mis esperanzas en volver a verla, sólo por ello soporte esa densa semana de trabajo. Mi deseo de verla era tan fuerte que no caí en la cuenta de que, no necesariamente tenía que habituar ese lugar, quizás ni siquiera era de acá y sólo estaba de paso. Fue una triste decepción, había sido tan ingenuo. Esa semana fue insoportable.
El viernes salí del trabajo y ella todavía seguía en mi mente, era todo lo que ocupaba mi pensamiento. Me preguntaba su nombre (fantaseaba con nombres comunes como Laura, Paula, Agustina o quizás, algo más exótico como Alma o Shia), dónde vivía (quizás en un viejo galpón adaptado o en un moderno loft en la ciudad), qué zonas frecuentaba.
Solo ella ocupaba mi mente, solo ella. Salí de la oficina, caminando rápidamente como acostumbré siempre. Levante la vista al cruzar la calle y vi sus ojos. Pero… ¿eran sus ojos?
No, ni la mitad de hermosos.
Pude ver su cabello. No, tampoco estaba ahí. Sentí sus manos, su cuerpo. No, no era ella.
Era una extraña para mí y, sin embargo, estaba decepcionado, porque ninguna había sido ella. Podía sentir su recuerdo ardiendo en mi piel… su simple recuerdo.
El sábado decidí quedarme en casa. Decidido a olvidarla, a ella, a esa perfecta extraña, o al menos, a intentarlo.
No quería salir, pero, claro, estaban mis amigos. Esto es lo que pasa cuando uno se mantiene sobrio y, por supuesto, es el dueño del auto. Insistieron tanto que tuve que ceder. A las tres veinticinco manejaba hacia el lugar.
La puerta estaba atiborrada de gente, pero, no en vano había pasado los últimos tres años frecuentando ese lugar, ya éramos malos conocidos. Entramos rápidamente.
La noche avanzó lentamente. La música subía el volumen, podía sentir mi pie siguiendo el ritmo, mis músculos atentos al menor indicio de que saldría a bailar. Yo bailaba bien, y no es cuestión de ego ni autoestima, era algo que me encantaba, lo disfrutaba y cuando no pude resistirme a la tentación del ritmo, perfile para la pista.
Empecé a deambular por el lugar, era insoportable la cantidad de gente, así que no podía bailar. Ya no eran personas, sino que era una masa que se movía rítmicamente y que me empujaba de un lado hacia otro. Entre tropezones y apretadas la vi. Vi su inconfundible sonrisa. Iba hacia algún lado, quién sabe a dónde, y su sonrisa se fijó en mi. Le devolví la sonrisa.
Un segundo después se había perdido en la multitud. Aturdido, la busqué con la mirada. No la encontré. Me encaminé a la barra. Pedí vodka, doble por favor.
La música inalterable seguía con su ritmo, la noche pasaba poco a poco. Hacia las cinco de la mañana, la vi de nuevo. No desperdiciaría la oportunidad. Ella paso velozmente al lado mío, la sujete por la muñeca.
Sorprendida fijo sus ojos en mí, una dulce sonrisa le siguió a la sorpresa.
-¿Bailas?- Le dije con el valor que venía acumulando desde el primer día.
Ella me tomo la mano y me llevo a la pista.
Era increíble verla bailar, es cierto, pero bailar con ella, era una experiencia de otro mundo. Todos nos miraban.
Le pregunté su nombre, Isabel, me dijo. En ese momento, dejó de ser una extraña.

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